Bodas de Aire.
Cielos argentinos

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Apenas entro a un aeropuerto internacional, siento un suave derretimiento en las rodillas,  una suerte de excitante estado de disolución.  Más allá de lo que diga el pasaporte o el pasaje, algo se debate dentro de mí: ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿A dónde voy? Como Alicia atravesando el espejo, un gran aeropuerto nos hace entrar a un espacio distorsionado, complejo y múltiple que nos plantea las más abismales preguntas. Por algo el sociólogo Marc Augé los incluye en su definición de no-lugares, o sea  aquellos espacios transitorios donde la identidad vacila, sin encontrar anclaje, ni histórico ni vincular.
Un viajero frecuente podrá  levantarse de hombros con indiferencia. Para él tal vez un aeropuerto sea  un mero espacio de espera o tramitación de vuelos, de simples embarcos y desembarcos. ¿Pero cómo ignorar que es el lugar donde confluyen todos los destinos en que pueden encarnarse las fantasías del “ser otro”?  ¿Cómo negarle su protagonismo como escenario de apasionadas despedidas, dramáticas huidas, encuentros, desencuentros, deportaciones, exilios…? Quien afine el oído  podrá escuchar allí a toda una humanidad latiendo, con sus alegrías, sus penas, sus expectativas y sus miedos.
Por eso, entre otras cosas, un aeropuerto es terreno fértil para las fantasías románticas. Hasta el más adusto de los viajeros, mientras busca su asiento en el avión, habrá soñado alguna vez con encontrar a su lado una belleza solitaria. Hay un cuento de García Márquez al respecto: “El avión de la Bella Durmiente”. Al protagonista se le cumple el milagro: la mujer que ha entrevisto y admirado en el aeropuerto resulta ser su compañera de viaje. Se desencadena así una noche apasionada. Pero de pura contemplación, porque la indiferencia de la bella no permite concretar siquiera el más platónico de los acercamientos.

Y como en este mundo globalizado y consumista, toda fantasía humana termina empaquetada, hace tiempo que es posible adquirir la boda en un aeropuerto. Tanto el de Estocolmo como el de Amsterdam ofrecen este producto con varias alternativas .Por ejemplo casarse sobre el techo de la terminal, mientras se observa todo el movimiento aéreo para después, sin escalas, abordar el avión que nos llevará de la luna de miel.  O realizar la ceremonia en un viejo avión Dakota especialmente acondicionado para eso. En ese caso, en lugar de nuestra tradicional “manteada” criolla, el mismo avión levanta vuelo y lleva por los aires  a los novios y hasta a 25 invitados. Hay también por ahí alguna línea aérea que está tramitando la posibilidad de casar a los tortolitos en pleno vuelo como se haría a bordo de un barco. Los casamientos “temáticos” no son una novedad. Son una moda  y los especialistas parecen estar en Las Vegas donde florecen los caprichos más locos. Sin embargo, el casamiento en un aeropuerto, o a bordo de un avión, me parece que toca otro umbral. Por un lado materializa algunas conspicuas metáforas del amor: estar en las nubes,  caminar a veinte centímetros del piso etcétera.  Pero, por otro, podría pensarse que el matrimonio nace  bajo el signo de la contingencia. Apadrinado por un no-lugar donde todos los itinerarios se cruzan, todas las líneas aéreas, todas las lenguas, todos los hombres y mujeres del mundo. En ese contexto tan volátil, ¿se llegarán  a celebrar al menos las Bodas de aire?
Inés Fernández Moreno
 
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