Cachorro de Nobel.
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Por cuestionado que sea hoy, el nobel sigue siendo un ícono de la consagración —incluso en su rechazo, como lo hizo Sartre en 1964—. Mario Vargas Llosa, más allá de las simpatías y aborrecimientos que ha cose- chado desde su viraje político de los '70, es dueño de una obra literaria monu- mental. Una obra que, tal como dice el crítico Julio Ortega, parece estar a la izquierda de su pensamiento. O tal vez más arriba, atenta sólo al horizonte de la posteridad.
Para mí, y para gran parte de mi generación, V.L. fue sobre todo el de "La ciudad y los perros" (1962), "La Casa verde" (1965) y "Conversación en la Catedral" (1969). En aquella prime- ra novela, casi recién salidos de la infancia, nos sacudió de la in- genuidad de los soldaditos de plomo o de desfile, al revelarnos la tremenda violencia de la formación militar, machista y autoritaria que recorría todo América. Yo iba entonces al Nacional Buenos Aires que era un ejemplo de avanzada: se ensayaba la coeducación y la autodisciplina. (Al tiempo que algunos profesores trogloditas se negaban a darnos clases. Y que persistía en los patios aquella consigna militar de formar fila y "tomar distancia"). Pero el mundo bullía. Y el boom estaba en nuestros corazones y en nuestra ca- beza. Latinoamérica, las dictaduras, la injusticia y los ideales revolucio- narios tanto como los Beatles, el amor libre o la píldora anticoncepti- va no eran simples temas de discu- sión, eran materia viva que encarnaba nuestra experiencia. Un libro podía cambiar la historia y, sin duda, nuestras vidas. Ruptura del mundo y ruptura literaria iban de la mano. "La Ciudad y los perros" reve- laba la perversidad militar. Pero era también la caída del clásico narrador omnisciente: la realidad era tan múl- tiple y compleja como la suma de voces que la contaban. Armar después el rompecabezas era res- ponsabilidad del lector inteligente.
Empujada por estos recuerdos reviso mi biblioteca y el primer libro de V.L. que encuentro es "Los jefes y los Cachorros". Son sus cuentos juveniles, escritos entre 1953 y 1957. Leo el primer relato —una rebelión en el colegio— y me entretengo casi más en mis subrayados de entonces que en el propio cuento. Después doy marcha atrás y leo el prólogo. ¡Qué suerte que lo hice! Porque debo confesar que la figura actual de Vargas Llosa me resulta ardua. Pero aquí estamos en las antípodas del Nobel, ante la emo- ción de los comienzos. "Varguitas" tenía menos de veinte años y, según confiesa, todavía no se le pasaba por la cabeza que llegaría a ser escritor. Se ha casado con su tía política, y debe enfrentar la transgresión y todo tipo de trabajos para sobrevivir con ella: llegó a tener siete simultáneos y tan dispares como redactar noticias para Radio Central y censar nombres de las tumbas de un cemen- terio. Lo que más recuerda de esta época, dice, no son los cuen- tos, sino los autores que leyó. En el colectivo, en la calle, en medio del ruido y la gente se despachaba hazañas como las gran- des novelas de Faulkner, Los Hermanos Karamazov, y los Trópi- cos de Miller consumidos en sólo una noche ya que un amigo se
los prestó "por unas horas". Aún así, los grandes autores calaban hondo en él. Reconoce en "Los jefes" un "eco desafinado" de "L'Espoir" de Malraux, en "El abuelo" residuos de Bowles y, en todos, la influencia bienhechora de Hemingway que lo ayudó a evadirse de la impronta indigenista que campeaba por entonces.
"El desafío" —un duelo entre dos hombres en cuya fulgurante descripción se ve despuntar la potencia del Nobel— ocupa en su memoria un lugar único.
Este cuento le abrió las puertas de Paris, no con boom, pero sí con banda de música.
La Revue Française había
PARÍS: En su primer viaje allí, vio a Camus y a la Miss France.
organizado un concurso de cuentos peruanos cuyo premio era un viaje de quince días con alojamiento en el Napoleón, un hotel que, como si adivinara su futuro, le ofrecía una vista privilegiada del Arco de Triun- fo. Que se le acelera el corazón, dice V.L., cuando recuerda a su amigo subiendo a la bohardilla donde vivía para anunciarle que su cuento es el ganador. En aquel viaje memo- rable no pudo ver a Sartre a quien en aquel momento admiraba y del que después abominó, pero sí a Camus, a quien abordó con audacia a la salida de un teatro para entre- garle "una revistilla" que hacían junto con tres amigos. Entre sus aventuras no literarias, menciona que frente a su cuarto se alojaba Miss France 1957, una beldad que lo debe haber desvelado. O su ver- güenza en el restaurante del hotel cuando le dieron una red para indi- carle que él mismo debía pescar del acuario la trucha que quería comer.

La historia literaria está llena de ejemplos: desde Emily Bronte a Stephen King recibiendo temblo- roso la primera carta de un crítico, o de un editor, el primer sí y el
primer cheque, trofeo portentoso cuando uno trabajaba en un la- vadero a un dólar con cincuenta la hora , según relata King.
Hace décadas ya que Vargas Llosa es este hombre consagrado, prolífico, erudito y cosmopolita que recibió el Premio Nobel. Muy lejos de aquel joven que avanza con paso inseguro por el hotel Napoleón "temeroso de arrugar la alfombra". Ése es mi cachorro.

Inés Fernández Moreno
 
Todos los derechos reservados, 2011. Inés Fernández Moreno.