Enamorados en el subte.
Para Ti

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Soy viajera asidua de la línea B de subterráneos.  Sin embargo, me resulta cada vez más duro asistir al desfile de chicos, mendigos, ciegos y la legión  de buscas y vendedores que reclaman la atención de los pasajeros, incluyendo las nuevas variantes de performances teatrales y musicales. De manera que, si voy sentada, leo, que es la gran manera de ir viviendo otras realidades. Realidades que también podrán ser duras (dependerá de lo que haya elegido el lector) pero son ajenas, remotas y te llevan en un viaje que es mucho más apasionante que el que va de  Los Incas a Leandro Alem.
En horas pico, cuando voy parada y el vagón se va llenando cada vez más, intento seguir leyendo hasta el último minuto en posturas que van bordeando lo ridículo, con el libro apretujado contra la mochila de algún adolescente y las hojas casi aplastadas contra la nariz. Recuerdo entonces un cuento de Italo Calvino que trata de un lector obsesivo, Amedeo,  que recurre a todo tipo de estratagemas para seguir leyendo su novela mientras una mujer –¡tal vez la mujer de su vida!-  lo va cercando con su  cortejo amoroso.  Para Amedeo,  el sabor intenso de la vida está más en los libros que en los besos de ella.

Pero cuando leer se vuelve imposible, no me queda más entretenimiento que observar a la gente que va sentada  frente a mí y sacar conclusiones, a veces realistas y otras disparatadas. La otra tarde, por ejemplo, yo venía de visitar a un enfermo grave y desbordaba de ideas tristes y pesimista. Mis compañeros de ruta no me ayudaban demasiado a cambiar de humor. Había una mujer reclinada, con la cabeza dramáticamente tomada entre las manos. Un adolescente que se comía las uñas con increíble crueldad. Un viejo que dormitaba con gesto de desdicha. Un hombre joven con el brazo vendado. Una viejita a quien le temblaba la mandíbula. Dios mío, me dije, qué paisaje desalentador. Traté de mirar más allá. Me acordé de un amigo que me habló de la belleza de las argentinas. En cada colectivo, en cada vagón de subte o de tren, me aseguró,  viaja  una belleza. Así que intenté descubrir la  mía y fue así que caí sobre una parejita de adolescentes enamorados. Los dos estaban vestidos de colores oscuros, como con un mismo uniforme e iban metidos dentro de su burbuja. ¡Qué placer para el espectador! Los chicos se hacían arrumacos y se hablaban al oído totalmente ajenos al entorno. Podían estar en  una playa del Caribe o en medio de un basural que les daba igual. El amor es un alimento privilegiado que cambia radicalmente nuestras percepciones. Trato de controlar mi gesto de abuela gagá con esos pensamientos remanidos de “ah la juventud, ah el amor”… Pero, como una mosca en el almíbar,  no puedo despegarme de ellos. Entonces, a fuerza de mirar, veo esta escena increíble. El le arranca un pelo a ella (rubio largo) y después se arranca uno propio (bastante largo también, aunque más oscuro). Con enorme cuidado, y la visión de lince de los veinte años, pone los dos pelos juntos y les hacer un nudo en el medio, después los besa y los guarda dentro del bolsillo interno de su saco, del lado del corazón. Ella lo ha dejado hacer, tan fascinada como cualquiera que haya advertido la maniobra. ¿Estarán siguiendo las instrucciones de algún gualicho?  Una vez leí por Internet uno de estos hechizos de amor. Era más o menos así: se toman uno o dos metros de cinta roja de seda, una foto tuya y otra de él, seis rosas rojas y un frasco grande de cristal. Se meten adentro las fotos junto con los pétalos de las rosas, se le agregan unas gotas de tu perfume y se cierra bien. Después hay que atar el frasco con varias vueltas de la cinta mientras se recita un conjuro – “porque te quiero enamorar, te tengo que amarrar”- . Por último se deja macerar la mezcla durante varios días, sólo que ahora no se trata de membrillos o berenjenas sino de amores. Y listo el pollo. Nada se decía allí acerca de la duración de esta conserva, supongo que dependerá de la paciencia y la sabiduría de los protagonistas. Pero, en realidad, creo que las cosas son al revés. Que mi parejita del subte estaba creando intuitivamente sus propios ritos, los de una pasión que no merecería terminar nunca.  Total, que me pasé de mi parada mirando a los chicos. Ellos también se pasaron, porque de golpe se levantaron de un salto y muertos de risa se bajaron en cualquier estación.  El amor –dice Silvina Ocampo- es hecho de infinita y sabia locura, de adivinación y de obediencia.
Inés Fernández Moreno
 
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