ENERO POÉTICO
Para Ti
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El primer día del año -y los que le siguen- suelen tener una cualidad especial. Los días anteriores han sido vertiginosos, la ciudad hierve como nunca, todo tiene que estar a punto para las Fiestas: la casa, los regalos, la comida, uno mismo. Son días llenos de excitación, de  consumo y de  preguntas: ¿qué me pongo? ¿qué le regalo a tal?  ¿a dónde voy?¿qué cocino? ¿a quién invito? …
Son también días de turbulencia emocional. Por debajo del tintineo de las copas o los destellos de las cañitas voladoras, corre el río profundo de los sentimientos. Queremos más a los que queremos, extrañamos más a los que extrañamos. Estamos más dispuestos a mirar, a escuchar, a cambiar. Ese clima de  Fiestas alcanza su climax el 31 a la noche y nos arroja agotados sobre el primero de enero.
Nos despertamos con un ligero dolor de cabeza  y, como después de un parto, deambulamos abatidas de un lado al otro de la casa sin saber qué hacer. Imposible no sentir el vacío. Nos vamos marchitando como las ensaladas que nos quedaron en la heladera. Para algunos es un vacío gozoso, para otros tiene un tinte melancólico. ¿Y ahora qué?  Estamos a mitad de camino entre dos  ilusiones, la de un “final”,  la de un “principio”. Nos quedamos tambaleando en  ese espacio incierto, como cuando pisamos la plataforma trepidante que une dos vagones de un tren.
Este efecto “primero de enero” se va diluyendo, o más bien transformando, para entrar en un “segundo tiempo” que dura para mí todo enero y que suele volvernos un poco más sabios. O bien porque nos vamos de vacaciones - y entonces todo lo que nos rodea cambia- o bien porque nos quedamos en la ciudad, pero en “otra ciudad”: la gente,  las oficinas, los negocios, las calles, los autos, los subtes… todo va más lento, más distraído, más solitario. (Los que quedamos  tenemos un poco un aspecto de náufragos pero también de privilegiados,  como en aquellas fantasías de la ciencia ficción donde se extinguía la vida del planeta y los sobrevivientes encontraban un mundo entero a su disposición, se volvían sus amos absolutos.)
En un caso o en otro, hemos roto con la rutina. Esos días que se acumulan como ladrillos, unos sobre otros,  siempre idénticos, hasta que, por algún motivo, conseguimos sacudirnos de encima su efecto adormecedor. Redescubrimos las cosas. Empezamos a encontrar coincidencias, a asociar personas, objetos o sensaciones  distantes - olores, sonidos, imágenes, recuerdo remotísimos de la infancia-. La reactivación es diurna y nocturna, porque también  por las noches los sueños se trastornan, se vuelven más caprichosos, más sorprendentes. Para mí es uno de los máximos placeres del verano, un  tiempo distendido y generoso que nos vuelve más poéticos. Jean Cocteau, al definir la poesía,  nos recuerda ese momento extraño en que podemos escuchar nuestro nombre como si fuera de otro. Lo mismo para un objeto o un animal: “como si nos tocaran con una varita mágica vemos  un perro, un coche, una casa como si fuera por primera vez. Todo lo que tienen de especial, de loco, de ridículo o de bello nos abruma por un instante. Inmediatamente después el hábito borra esta imagen poderosa (…) Ese es el rol de la poesía. Mostrarnos desnudas, bajo una luz que sacude la insensibilidad, las cosas sorprendentes que nos rodean y que nuestros sentidos registraban maquinalmente”
Mucha literatura tiene entonces como punto de partida este tiempo ocioso. Por eso, recíprocamente, también la lectura es la fuente donde encontramos esa otra perspectiva, ese efecto revelador que cala hondo en la realidad y es capaz de transformarnos.
A propósito, acabo de leer “Mona Lisa encuentra a Buda” un cuento maravilloso de Spencer Holst. Sucede en el cielo. “Mona Lisa entró por un extremo de una pequeña sala en la que colgaban muchas cortinas. Allá arriba, en el cielo, las cortinas ondularon, ondularon, y el Buda entró en la sala por el otro extremo. Se sonrieron.”

Y eso es todo.  El maravilloso todo de descubrir algo que hemos visto tantas veces sin ver. Una misma sonrisa en dos seres tan distintos y tan distantes.
Inés Fernández Moreno
 
Todos los derechos reservados, 2011. Inés Fernández Moreno.