El Fallecimiento del Cisne.
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A veces, mientras estudia, mi hija suele usarme como su diccionario ambulante. Mamá, qué quiere decir esto; mamá, qué quiere decir aquello.

Para qué negarlo, a mí me encanta ese uso, me relamo como un gato frente al desafío de atajar la palabra que me toque, a ver si podré con ella.

"Vislumbrar", me grita desde su cuarto. Eso sí, lo admito, soy un diccionario lento y no ilustrado.

Una palabra, dice Gianni Rodari, es como una piedra lanzada a un estanque, provoca ondas concéntricas y también movimientos invisibles que se propagan hasta el fondo y afectan a cuanto esté flotando en el agua: "a la ninfa y a la caña, al barquito de papel y a la balsa del pescador".

Vislumbrar es ver apenas. Contesto lo primero que se me pasa por la cabeza, porque ella se impacienta rápido. Después me quedo sumida en mis ondas concéntricas. ¿Vis-lumbrar? ¿No vendrá del participio pasado latino visus, de donde provendrían a su vez las palabras visage en francés y viso en italiano? ¿Alumbrar la cara de alguien? Empiezo a imaginarme a un legionario romano de ronda, un hombre se desliza con sigilo contra una muralla de piedra, el soldado levanta la antorcha y logra distinguir, a la luz incierta de la llama, la cara del sospechoso. Vislumbra.

Encantada con mi hipótesis, irrumpo en el cuarto de ella. Ella me mira con esa cara. "Lo malo de preguntarte -me dice- es que nunca podés parar", como si lo mío fuera un vicio inconfesable. Ya he hecho en varias oportunidades mi defensa. (No hay que quedarse con la primera ni con una única explicación; cada palabra, como un pentimento, guarda la génesis de la cultura.) Así que me retiro mascullando por lo bajo. Será por eso que uno escribe, pienso, será una estrategia -ardua pero efectiva- para hablar sin que nadie nos interrumpa.

Recuerdo, también, que al menos tres veces por día alguien me dice "listo", esa expresión con la que se da por zanjada cualquier cuestión. Toda variante lingüística o tecnológica capaz de machacar el tiempo y de simplificar las cosas -hacerlas "al toque"- es bienvenida.

El mismo día del vislumbre, por la noche, fui a ver un espectáculo de Ana Padovani en homenaje a Niní Marshall. Era en un club de barrio, en un salón aderezado para la ocasión como sala de teatro. Recreados admirablemente por el talento de Ana Padovani, los personajes y los textos de Niní volvieron a brillar, incisivos, llenos de hallazgos, desopilantes. Yo lloraba de risa como lo hacía de chica frente a la radio. Hasta me dio un poco de vergüenza -algunos asistentes me miraban de soslayo-. Pero no era yo el enigma, sino aquel público que se mostró bastante apático desde el principio hasta el fin de la función. ¿Por qué aquellos hombres y mujeres permanecían tan tibios frente a Catita, a la Niña Jovita, a Cándida, a Minguito? Aquellos adorables personajes descendientes directos del sainete. ¿Habría también allí un problema de lenguaje? ¿Un salto cultural de qué tipo? Porque gran parte del talento de Niní proviene de un oído finísimo para descubrir en los discursos de la gente los más variados registros y jugar después con la plasticidad de esa materia de la manera más desprejuiciada.

Catita, "angustionada" por el abandono de su novio, cuenta un agitado paseo familiar en auto donde suceden todo tipo de incidentes. Entre ellos, la bataraza -el paseo dominguero incluye a las mascotas- pone un huevo precoz (sin cáscara, o sea) y, en un barquinazo, pasa lo peor: el gallo fallece. La idea del fallecimiento del gallo me hizo reír tanto que recibí una nueva descarga de miradas. Me sentí propiamente un ave de otro corral.

Al día siguiente, abro el diario y leo las novedades de la temida gripe aviar. Sé bien que hay allí un drama en potencia, que no paramos de vivir catástrofe tras catástrofe. Sin embargo, pudo más el humor cuando leí la noticia de la muerte de un loro sudamericano y del "fallecimiento" de doce cisnes. En la nota las aves "ingresan" al país, "poseen" enfermedades y luego, por último "fallecen". La fiesta de Niní seguía en marcha.

También me encontré sobre la mesa de la cocina un mensaje de mi hija donde me decía que vislumbrar viene del adverbio latino vix (apenas) más el verbo luminare. Con lo que mi etimología también resultaba un disparate. Una etimología imaginaria con la que, sin embargo, hubiera podido convencer a más de un desprevenido. Porque, entre otras cosas, las palabras sirven para usarlas como pequeños soldados al servicio de nuestras ideas. Para el hablante -dice Charles Bally- "el espíritu del interlocutor es como una plaza fuerte que quiere tomar por asalto".

En un mundo plagado de huracanes, terremotos, sequías, hambrunas, injusticias y crueldades atroces, esta atención a las palabras podría parecer una tontería. Sin embargo no lo es. En el abandono del lenguaje, en su achatamiento, los cisnes no son los únicos que "fallecen". Desfallece y se diluye el mismo pensamiento.

En una lengua rica e imaginativa también está el germen de soluciones nuevas y creativas para los problemas que acosan a la humanidad.

Inés Fernández Moreno
 
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